No cabe duda de que las plantas ejercen un protagonismo esencial en nuestra sociedad actual, no solo como fuente de alimento sino también como elemento básico para garantizar la habitabilidad de nuestro planeta y el bienestar de las personas que tienen la oportunidad de disfrutarlas a su alrededor.

No obstante, como cualquier otro ser vivo, su salud está sometida al riesgo de contraer enfermedades o al peligro que supone su exposición a bacterias y hongos, e incluso a la acción de animales.

Por ello, al igual que han ido avanzando las técnicas para el desarrollo de una agricultura cada vez más eficiente y sostenible, ha sido necesario dedicar nuestro esfuerzo a la investigación y desarrollo de aquellos productos que puedan contribuir activamente a mejorar la protección y calidad de las cosechas y de aquellas plantas que, aunque tengan una finalidad a priori ornamental, también son fundamentales en nuestro día a día.

Fruto de este esfuerzo por garantizar lo más posible la salud de las plantas, los productos fitosanitarios se han convertido en un factor cada vez más indispensable para la consecución de este objetivo, sirviendo además de herramienta para preservar así la salud pública de todos los que habitamos este maravilloso planeta.

De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) define los productos fitosanitarios como las sustancias o mezcla de sustancias destinadas a prevenir la acción de, o destruir directamente, insectos, ácaros, moluscos, roedores, hongos, malas hierbas, bacterias y otras formas de vida animal o vegetal perjudiciales para la salud pública y también para la agricultura.

En este sentido, según la Asociación Europea para la Protección de las Plantas (European Crop Protection Association – ECPA) el empleo responsable de productos fitosanitarios evita unas pérdidas anuales de producción agrícola, debido a plagas y enfermedades, de hasta un 40%. Sin los cuidados adecuados estas pérdidas podrían llegar a duplicarse.

De igual forma, el empleo de este tipo de productos tiene beneficios directos sobre el medio ambiente, como son la optimización en el volumen de agua necesaria para la cosecha de cultivos tratados con productos fitosanitarios respecto a los que deciden no utilizarlos, o la consecución de cosechas más eficientes, que permiten reducir el nivel de dióxido de carbono que se emite a la atmósfera, contribuyendo así a disminuir los efectos del cambio climático.