La protección de los cultivos no solo persigue incrementar la rentabilidad del sector agrícola. Aquí tienes todo lo que sucedería si renunciásemos a ello.

En numerosas ocasiones, realmente más de las deseables, se suele considerar que la puesta en marcha de soluciones de sanidad vegetal responde casi exclusivamente a un excesivo celo o afán desmedido por incrementar sin descanso la productividad de las explotaciones agrícolas, con el fin de maximizar así su rentabilidad.

Por suerte, este tipo de comentarios suelen ser realizados por personas e instituciones que, casi con toda seguridad, tendrían dificultades para identificar un cultivo, incluso solo unos días antes de que lleve a cabo su proceso de recolección (y algunos incluso después…).

No obstante, dado que nunca es malo “enseñar al que no sabe” hoy nos ha resultado interesante dedicar este espacio a ofrecer algunas reflexiones sobre los distintos efectos en cadena que provocaría un hecho que, a priori, algunos consideran superfluo y prescindible, como es ofrecer a los cultivos la protección que necesitan:

  • Queremos comenzar este repaso por el único aspecto en el que estas ‘voces críticas’ tienen algo de razón, y que no es otro que la drástica reducción de la productividad agrícola que provocaría esta decisión. Tomando como referencia una afirmación de un órgano de reconocido prestigio como es la FAO, los daños provocados por plagas, enfermedades y malas hierbas podrían llegar a duplicarse, alcanzando el 80% de su producción potencial.
  • No obstante, esta reducción de la productividad agrícola no solo afectaría de forma directa al propietario de la explotación, o si lo prefieren a su bolsillo, sino que reduciría notablemente el potencial actual de la agricultura como motor de empleo, crecimiento y desarrollo de las zonas rurales en las que se desarrolla esta actividad.
  • Del mismo modo, esta disminución productiva implicaría forzosamente un descenso similar de la capacidad de abastecimiento de alimentos para el conjunto de la sociedad, desembocando no solo en una menor disponibilidad de productos, sino también en un más que considerable incremento de su precio, por el simple ejercicio de ajuste entre oferta y demanda.
  • Los efectos de esta desprotección de los cultivos no se detendrían ahí, ya que también afectarían, paradójicamente, de forma negativa a la protección del medio ambiente, dado que, si la descomposición de los cultivos dañados por amenazas agrícolas supone actualmente el 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera, este porcentaje se vería incrementado por el simple hecho de tomar una decisión sin prestar la atención que merecen a sus efectos colaterales.
  • Y más allá de todos estos efectos, la ausencia de protección para los cultivos sería, aunque a algunos les sorprenda, una de las peores decisiones posibles si lo que se está pretendiendo es favorecer la conservación del medio ambiente, ya que, si se contase con explotaciones agrícolas que no ofrecen los resultados suficientes para abastecer las demandas alimentarias de la población, la única salida viable sería proceder a un incremento de la superficie actual dedicada a la agricultura, empleando para ello suelo que actualmente está dedicado a otros usos, como es el caso del forestal.

Una vez que se han mostrado, sin medias tintas, los efectos de una decisión a priori inofensiva como es la renuncia a proteger debidamente los cultivos, solamente nos cabe finalizar esta reflexión realizando una pregunta: ¿Realmente es todo esto lo que queremos?

 

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