Reducir las pérdidas de las cosechas y mejorar la salud de los cultivos es un elemento esencial para incrementar el carácter sostenible de la agricultura.

Como sabes, a lo largo de los 366 días que conforman el año 2020, que ha sido elegido por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) para conmemorar el Año Internacional de la Sanidad Vegetal, desde AEPLA nos hemos planteado dedicar cada mes a uno de los diferentes aspectos esenciales sobre los que radica la importancia de la protección de las plantas para nuestra vida diaria y nuestro futuro como sociedad.

A partir de esta idea, hemos decidido dedicar este mes de junio a resaltar el protagonismo que tiene la sanidad vegetal en la necesidad de contar con unos cultivos sanos, como escenario indispensable para garantizar el abastecimiento alimentario y contribuir al bienestar de la población a nivel mundial.

En este sentido, la influencia de la sanidad vegetal sobre el bienestar de la sociedad no solo debe entenderse por su papel esencial para favorecer el desarrollo de un sector agrícola más productivo y competitivo, sino que también es esencial otorgarle el mérito que merece como mecanismo para avanzar hacia una agricultura más sostenible y alineada con la conservación de nuestro entorno y del medio ambiente en su conjunto.

Si bien estamos prácticamente seguros de que tienes presente la capacidad que ofrece la sanidad vegetal en general, y la aplicación de tratamientos y productos fitosanitarios en particular, para hacer frente a las diferentes amenazas externas que afectan a los cultivos, también consideramos preciso reconocer los efectos positivos que esto supone en otros aspectos a priori menos visibles, como es la reducción del desperdicio alimentario durante la fase de producción agrícola.

Como ya comentamos hace algún tiempo en este blog, el desarrollo de una adecuada protección de los cultivos es una práctica fundamental para reducir el desperdicio alimentario derivado de los daños provocados en las cosechas por la proliferación de plagas, enfermedades y especies invasoras, que, anualmente, suponen unas pérdidas mundiales de alimentos cercanas al 40% de la producción global.

Y no solo eso. Según el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), estos productos agrícolas con un crecimiento deficiente o en mal estado se transforman en desechos orgánicos que, al descomponerse de forma natural, representan cerca del 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Por tanto, la consecución de unos cultivos cada vez más sanos es un desafío a tener muy en cuenta para conseguir, al mismo tiempo, que podamos poner nuestro granito de arena en la necesaria mejora de la salud de nuestro planeta.