Desde diversos sectores se pretende mostrar la relación entre sanidad vegetal y agricultura ecológica como antagónica, cuando la realidad es muy diferente.

Desde el ámbito de la sanidad vegetal nos resulta sumamente llamativo, e incluso en ocasiones sorprendente, que desde algunos sectores de la sociedad se empeñen en generar en el ‘imaginario popular’ un antagonismo prácticamente irreconciliable entre la agricultura ecológica y aquellas entidades que se dedican a la investigación, desarrollo y comercialización de soluciones válidas para la protección de las plantas en general, y específicamente en el ámbito de los cultivos.

En este sentido, se pretende hacer creer a la población que para que una explotación agrícola ostente la certificación homologada como agricultura ecológica sus cultivos deben limitarse a crecer a partir de una adecuada selección de semillas y solo y exclusivamente con el apoyo de los recursos que le aporta el suelo, el clima y el agua de riego, cuando la realidad es, en la práctica, bastante diferente.

Con la difusión de esta idea da la impresión de que lo que se trata es de generar una percepción en la sociedad de que la utilización de soluciones de sanidad vegetal y tratamientos fitosanitarios se realiza en la agricultura convencional de una forma arbitraria e innecesaria, por el mero gusto del agricultor de ‘automedicar’ sus plantas.

Por desgracia, tanto para los que promueven esa postura como para los que no, las plagas, enfermedades y malas hierbas no realizan una distinción entre aquellos cultivos que siguen los parámetros establecidos para su certificación como agricultura ecológica y los que, libremente, deciden no hacerlo.

Por eso, la agricultura ecológica real, no la que muchos imaginan desde el sofá de su casa, encuentra uno de sus principales e indispensables apoyos en toda una serie de sustancias y principios activos que, si bien tienen un origen biológico acorde a las especificaciones recogidas por el Reglamento (CE) 889/2008, por el que se establecen las disposiciones sobre producción y etiquetado de los productos ecológicos, con respecto a su etiquetado y control, son, con todo el orgullo y merecimiento del mundo, productos y tratamientos fitosanitarios.

En definitiva, con esta reflexión no tenemos la intención, en modo alguno, de reducir el impresionante mérito que supone sacar adelante una explotación agrícola dedicada a la agricultura ecológica, sino simple y llanamente poner freno, en la pequeña medida de nuestras posibilidades, a aquellas ‘medias verdades’, falsas e interesadas, que tratan de establecer una confrontación que nunca ha existido entre este sistema de agricultura y aquellos que dedicamos nuestros días, y también nuestras noches, a que otros dispongan de los medios indispensables para proteger sus cultivos.

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