El suelo agrícola constituye la principal fuente de alimentación para tus cultivos. Por eso, es imprescindible conocerlo y cuidarlo.

El tipo de suelo existente en una explotación agraria es un factor esencial para el correcto crecimiento de los cultivos, ya que es la fuente desde la que la planta absorbe la mayor parte de sus nutrientes.

Por este motivo, hoy queremos repasar contigo los distintos tipos de suelo agrícola existentes en nuestro territorio, atendiendo a su estructura, y los cultivos más adecuados para cada uno de ellos:

Suelos arenosos; se caracterizan por presentar partículas de mayor tamaño que el resto de suelos, por lo que ofrecen un aspecto más rudo y seco.

El hecho de que su composición favorezca un mayor drenaje del agua hace que no sea óptimo en cuanto a la retención de nutrientes, aunque si suele ser utilizado, por citar algunos ejemplos, para la plantación de brócoli, zanahorias, lechugas o aguacates.

Suelos arcillosos; presentan el caso contrario a los suelos arenosos, ya que sus partículas son extremadamente pequeñas y eso hace que presente dificultades para drenar al agua.

Esta característica explica que no sean adecuados para aquellos cultivos que presentan raíces sensibles, ya que tendrán un mayor riesgo de putrefacción, por su humedad excesiva, pero, por el contrario, suelen ser empleados para el cultivo de variedades resistentes, como el girasol, o para la plantación de árboles frutales o arbustos aromáticos.

Suelos limosos; se trata de una variedad de suelo intermedia entre las dos anteriores, lo que hace que sean adecuados para la retención simultánea de agua y nutrientes.

En este sentido, son suelos recomendables para una gran cantidad de cultivos, que van desde la alcachofa, la lechuga o la col, hasta el arroz.

Suelos humíferos; para finalizar, y dejando a un lado aquellos suelos que no son especialmente recomendables para su uso agrícola, como los suelos calizos, salinos o pedregosos, los suelos humíferos se caracterizan por su alta concentración de materia orgánica en descomposición, que les aporta un color oscuro y los hace muy proclives a la presencia de organismos vivos, como es el caso de lombrices y otros anélidos.

Su estructura y composición les permiten una adecuada retención de agua, lo que los convierte en suelos aptos para el cultivo de múltiples variedades frutales y de verduras.